El silencio que envolvía la villa de Oviedo, Asturias, se había vuelto sospechoso: ni risas, ni pasos hacia la escuela, solo entregas de comida dejadas frente a la puerta. Cuando el Policía Nacional entró por última vez 28 de abril, encontraron a tres niños que no habían salido al exterior desde 2021. "En cuanto los sacamos, respiraron profundamente, como si nunca antes hubieran respirado aire fresco", dijo un investigador. El Comercio.
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Según los investigadores, el padre alemán de 53 años y la madre estadounidense de 48 años con pasaporte alemán habían desarrollado un "síndrome de Covid permanente", temiendo cualquier contacto externo incluso después del fin de las restricciones en España en marzo de 2022. Los niños, una niña de 10 años y gemelos de 8 años, vivían en pañales y con tres máscaras superpuestas, todavía dormían en cunas y nunca habían asistido a la escuela local. La casa estaba llena de basura, medicamentos caducados y hasta un gato gravemente enfermo, relata. La prensa de aceitunas.
La alarma la dio un vecino que no veía a los niños desde hacía meses. A mediados de abril avisó a los servicios sociales: de ahí surgió la investigación relámpago que desembocó en el bombardeo. «Fue una casa de los horrores", dijo a la prensa local el comisionado Francisco Javier Lozano.
Los padres ya están en prisión preventiva sin fianza por cargos de violencia doméstica, maltrato psicológico habitual y abandono infantil. Según documentos policiales citados por GenteLa pareja había prohibido a sus hijos abrir las ventanas "porque el virus está en todas partes". Sin embargo, los médicos descartan que se trate de una desnutrición grave: "Los daños son sobre todo psicológicos", afirma el informe clínico preliminar.
Tras una primera revisión en el Hospital Universitario de Oviedo, los menores fueron confiados a un centro de tutela regional. Un especialista en traumas infantiles seguirá su reintegración: "Tienen que redescubrir el mundo paso a paso", explican los servicios sociales.
El miedo patológico al contagio, conocido como ansiedad por enfermedad prolongada, puede persistir años después de que terminen las restricciones. Las investigaciones de la APA indican que uno de cada cuatro padres sigue evitando el contacto social por miedo a las “variantes invisibles”, especialmente si han sufrido un duelo o sufren trastornos obsesivo-compulsivos. APA. La sobreexposición a noticias alarmistas en línea y la creencia de ser “Novid” (nunca estar infectado) alimentan estrategias extremas de aislamiento domiciliario.
La ausencia prolongada de la escuela, del juego y de la luz solar puede retrasar el desarrollo cognitivo de hasta dos años en comparación con sus pares. Unicef advierte de un aumento de ansiedad, depresión y regresiones conductuales en niños que pasaron la pandemia en entornos hiperprotegidos UNICEF. La falta de estímulos motores y sociales puede generar hipotonía, fobia social y desregulación emocional.
Estos episodios confirman que el aislamiento domiciliario puede convertirse en abuso cuando el miedo a la salud se convierte en obsesión.